jueves, 31 de diciembre de 2009

POUSADA AMIGA


O meu entrañable amigo Pedro García Fernández
(PEDRO O MAGNÍFICO)

****
*****
****

En el acantilado
________________

I.-

El mar de piedra,
Nubes frías arrojadas por el viento;
Pájaro solitario en la rama;
Navío perdido en el horizonte;
Así vas tú, ya sin nombre
A otros mares, a otras soledades, a otras muertes.

II.-

En la casa del pobre hay una candela,
Un mantelito blanco,
Fotos de unos niños,
Algo de pan con leche;
Y mucho amor.

III.-

De ti ya me he despedido,
Sin saber cuando;
Y como la nave enfila el horizonte,
Así me voy.
Hay golondrinas que no vuelven.
Y lo que pudo ser
Nunca será.

IV.-

Elogio del gesto

Desde el jardín del hospital
Ven los enfermos la ciudad con su trajín.
Para ellos el tiempo se ha parado;
Las inquietudes ya no están;
Sólo el miedo a la noche,
El miedo al dolor,
Y como la ola va y besa la orilla
Y luego se retira,
Así el alma buscó, amó y besó
Y ahora se retira.

V.-

Lento levanta el sol su luz en la campiña.
Lento vuela el halcón en la montaña
Y lento baja el río en la vereda,
¿Y el amor? También en la noche madura su verdad.
Y al caer la tarde se apacigua y a vueltas con la sombras encuentra su morada.

VI.-

Nadie sabe cual es la última mañana,
Ni el último atardecer,
Ni el último beso;
Amanecemos y atardecemos,
¿Quién nos amanece?, ¿Quién nos atardece?
Entre sombras buscamos la candela que alumbre nuestras noches,
Pasa la figura de este mundo, San Pablo dixit,
¿Y la hermosura? ¿Y los sacrificados por el terror?
¿Nadie recordará su nombre?

VII.-

Esquelas en el periódico:

Ayer os marchasteis y tal vez no estabais preparados para el viaje.
Hoy veo el mundo por vosotros; la estrella de la mañana sigue en el cielo,
La niña que va a la primera clase, repasa la última lección con el sueño en los ojos.
La mujer adultera finge la mentira de su desamor, y corre a la habitación que no es suya.
Siguen las rebajas y los cuentos; el café pone orden en las vidas que despiertan,
y la prensa cuenta los mismos crímenes que el día terrible en el que mataron a Cristo,
o aquel otro, en el que Sócrates tomó la cicuta.
Veo el mundo que dejasteis, por vosotros y lo amo.
Todo sigue en pié, gracias a los pobres y a los humildes,
Gracias a los que aman sin saber hacer otra cosa.
El mundo es llevado en las manos de los santos,
los que cargan con su cruz y aún tienen fuerza para ayudar al de al lado.
Dormir en paz.

VIII.-

Primera lección

Juega el niño con sus manitas en la arena.
Y es como el primer artesano levantando el castillo;
Y ya está en pié con sus puentes y almenas,
Tan hermoso a los ojos del pequeño;
llega la ola de golpe que todo lo rompe,
terrible y verde mar.
La primera lección ya está escrita: lo que edificas en la arena,
El mar se lo lleva. El mar se lo lleva todo;
Solo el amor que se fundamenta en la verdad, dura para siempre.



AVILÉS (Un recuerdo infantil)

En la capilla de los Alas, olor a mar cercano con vaporas,
Salen los niños de clase y hay rumor de cantos y saltos a la cuerda,
Y faldas infantiles, con la primavera ya cercana;
En la ventana abierta un rostro recuerda el amor.
Otro rostro de mujer, con grandes ojos, mira desde la piedra,
Y quiere ver, ¿Qué se ve después de tantos años?
En Avilés, en la capilla de Santa María de los Alas,
Hay un rostro que mira y pregunta,
Lleva siglos mirando,
Yo te diré lo que hay fuera,
Hay barcos en el puerto,
Hay amor en el parque cercano,
Llueve en las calles,
Y como tú, alguien mira en la ventana de al lado,
Recordando el amor.
De otra ventana llegan notas de Schubert,
Por el amor perdido.
Los dedos que tocan el piano,
Ignoran el vacío, la nada. El desengaño;
Mujer de piedra, antes de carne,
Hoy piedra enamorada
Duerme el reposo tuyo, y cuida el nuestro,
Que como tú, sobre las mismas piedras,
Buscamos el don de la alegría.


RECUENTO (13/06/2007)

Quedan lejos los días.
Se van como las olas las cosas de este mundo;
Queda el recuento, la memoria queda.
Y el amor de los días ganados a la nada,
Por la paz de las cosas bien hechas.

Hubo un tiempo en el que las palabras significaban algo;
Hoy queda el erial y el vacío.

EN EL MUNDO

Un paso atrás
Que el corazón se salve,
Un paso solo para ver la rosa.
Quédate quieto y mira,
Así es el mundo,
Sin las mentiras,
Sin los disfraces,
Es tan hermoso.


Vendrá la soledad tan deseada
Donde habite el olvido de lo vano,
Donde crezca el amor y la verdad
De la hermosura ya transfigurada.
Vendrán las olas lentas del recuerdo.
Todo será ya cierto,
Como el fruto maduro,
Del jardín no pisado.
Y tú estarás allí,
A salvo de la nada.




HOMENAJE

El tiempo apuñala la vida,
Lo dice el cuco del reloj en el salón oscuro,
Lo saben las gotas de la lluvia en la ventana,
Y las olas que en la orilla besan los pies de los que aman.

Pero ella consigue el gran milagro
De que la vida crezca en su regazo,
Y los niños se sientan amparados.

La luz de sus ojos,
La paz de su alma,
El mar al fondo,
¿Hay alguien que dude de Dios y el paraíso?
Y solo es una niña.


En la casa del pobre hay una candela,
Un mantelito blanco,
Fotos de unos niños,
Algo de pan con leche;
Y mucho amor.

12.-

De ti ya me he despedido,
Sin saber cuando;
Y como la nave enfila el horizonte,
Así me voy.
Hay golondrinas que no vuelven.

Miro el horizonte por si viene la barca,
Y en la barca tal vez venga la luz.
Pero no se ve nada.
Solo los pájaros de la noche.

20.-

Pozo sin agua,
Árbol sin fruto,
Amigo, vete a otro campo,
La nada asoma.


RECUENTO
En la hora de sí y del no;
Como en el otoño, el labriego hace el recuento,
Así yo también separo el polvo de la paja:
Tú si, y tú no;
Cuantos nos y qué pocos sies.


El mar de piedra,
Nubes frías arrojadas por el viento;
Pájaro solitario en la rama;
Navío perdido en el horizonte;
Así vas tú, ya sin nombre
A otros mares, a otras soledades, a otras muertes.
_

viernes, 4 de diciembre de 2009

NADAL SEN EL .





(NADAL SEN TI, NOSO IRMÁN, NOSO AMIGO)
____________________________________



Nas galliñas do meu arbre

un paxariño a cantar.


Chíalle a anguria no peito

¡non o podo escorrentar!


Meu corazón, ise arbre,

a rentes da soledá.


As tebras do outo silenzo

agrilloándomo están.


¡Ai, Amor!, non pode amor

istas cadeas crebar?


Tén dor de min, paxariño;

canta amodiño o teu ar.


¡Que me magoas, paxaro,

co teu chifro no Nadal!


(Francisco Herbón Rodríguez,
Isorna-Rianxo:1937-Boiro:2009)

jueves, 3 de diciembre de 2009

POETAS DE HERBÓN.




Los poetas de Herbón: ¿El Parnaso o el Arca de Noé?.
_________________________________

(Glosas por libre al libro POETAS DE HERBÓN (El Mundo,2005), al gusto de José García Oro)
**
***

"Herbón fue un nido de poetas. Infancias y amaneceres. Cantares y orquestas. Viñedos y frutales en sazón. Pájaros cantores en sus carballeiras. Rosales perfumadores y fuentes vírgenes. Todo apenas la sombra de un coro permanente de “pueri cantores” y deportistas en ciernes. Y siempre Música: en la Iglesia, en el oratorio, en los salones, en las clases. Un enjambre de duendes luminosos que entraban en ojos y oídos y se pegaban a la piel. Y los colegiales se fueron en su día con esta linterna multicolor. Hoy están en varios continentes, con preferencia en Europa y en América; caminan por rúas y autopistas; son maestros y profesores, artistas del pincel y del pentagrama, empresarios y más que nada papás. Y cuando encuentran un amigo, les salta la cita: YO FUI DE HERBÓN.

Es que esta gran orquesta con sus vibraciones en la memoria se hizo savia y sangre y quedó en el corazón de los colegiales. Y hoy es un torrente de emoción, que va desde la emoción al verso y a la canción.Una pléyade de vates acaban de versificar esta poesía innata de Herbón. Su decir y sentir no se ha quedado en sus carpetas. Alguien ha buscado con linterna de amor tanto verso y los acaba de poner en público. Es el Libro de Oro de Herbón, que decía y hacía el P. Feijóo. Se intitula POETAS DE HERBÓN.

Abrimos el Libro de los poetas de Herbón, como si entrásemos en el Arca de Noé. Es un inconmensurable bazar de de sorpresas o un interminable camping de aventureros. A la entrada cubierta idílica: la casona conventual cercada de bosque exuberante. Llamamos al portalón, y nos abre el Angel del Buen Consejo que las gentes citan como el Bienaventurado Juan José. Es todavía mozo esbelto; con sonrisa de tertuliano y brazos siempre abiertos. Con piel curtida y estilo azoriniano, dice, presenta, anuncia…Y se entiende. Nadie adivinaría que con este ropaje de excursionista se presentase el Catedrático y Filósofo salmantino, Dr. Rodriguez Molinero. ¿ El Tostado, Fray Luis… Unamuno?. Chi lo sa.
Hay que avanzar y adentrarse en este rincón exótico. Y viene la sorpresa: una intrincada galería de estampas y polípticos que miran al viajero y hablan sólo en verso. La lista- guía es larga y variada. Una procesión que encabeza un pequeño cortejo curas, acólitos y sacristanes y mueven festivos romeros.
Con el incensario en la mano marchan:

Fray Sergio Álvarez, el célebre profesor compostelano de Latín y Griego, con su
mirada pastoril que dicta poemas latinos a Herbón, loores a Noya y estrofas pías a la Eucaristía y su “madre divina” Santa María.

Fray Gaspar Calvo Moralejo, un zamorano que gusta del paisaje gallego, teje versos de amapolas y espigas y conversa de caballero andante con la Virgen Dormida y con los santos.

Fray Feliciano Gómez Vigide, heredero de los “milagros” de O Corpiño, mira al mundo y al cielo desde su amado Monte Carrio, ahora replantado de molinos de viento, y nos dice primores de Nuestra Señora y de los Santos.

Fray José Isorna, el prolífico literato de riveras mágicas y hombre de sonrisas mil, brinda en un pequeño retablo los sueños y las sementeras de una Galicia de brétemas.

Fray Santiago Agrelo, maestro romano y compostelano, que se siente eremita y mareante, pero más que nada salmista del Señor y lo dice en estrofa y lo rumia en cantar: cuando mira a los cielos estrellados de la noche espejada en el mar; a las cumbres bercianas cuajadas de ascetas ramificados; a la inocencia las miradas de los recién nacidos.

Siguen los cofrades, con sus antorchas en procesión otoñal:

Domingo Barreiros Lago, es como un barco de Louro que sale de su pequeño muelle para adentrarse en el océano. Allí, en la inmensidad del azul y de la luz musita y canta en su vibrante verso gallego a quienes dejaron sello en su vida, desde Celso Emilio Ferreiro y Luis Pimentel, genios y cumbres en el cielo poético de Galicia, hasta los pacatos vecinos que saludaba cada día y ya no están y le pone música a las tradiciones jacobeas y a los monumentos megalíticos da Terra Mai..

Angel López Soto es el cantor de las apariciones y fantasmas: en los cielos, Cristo en Ascensión; el Niño de Belén y su cuna, el amanecer y el ocaso; en la tierra, uno que otro Judas; relojes crueles que se comen el tiempo. Pero siempre la estampa viva del recuerdo: el Ulla, lamiendo los muros de Herbón.

Pedro García Fernández, “el de Avilés”, asturiano de gracia y ágila de los pensamientos, tiene muy perfilado su rosario. Es pensador de la caducidad y agudo adivino de vía profética, cuando se quiere decir la palabra de la propia Fe. Es interlocutor de pensadores y forjadores de imagen con los que entretiene sus silencios. Pedro quiere como siempre romería viva en la que suenen todas las músicas válidas y sean posibles todas las alternativas que va deshojando la vida. Lo ves y le escuchas, y siempre parece decirte: HAY MAS…

José Ramón Mariño quiere recorrer el mundo como sonámbulo: ve las luces apenas despuntando; los conciertos de la naturaleza desafinados por los cuervos; sólo queda el mayo de la alegría que todavía llega puntual.

Ramón Rey García recorre el mundo de sus recuerdos con el tenue candil de una esperanza curtida y camino de un yermo de madurez. Todo vale; todo fue a su tiempo; en todo estuvo, contento o despistado. Ahora le pone sentido caduco y solidez de piedra, se trate de las ovejas de Louro, en procesión; del mar incomensurable de Playa Mayor; o de las Hermana Muerte que desde un horizonte lejano parece decir: Tu también. Pero, eso si, sin ovidar nunca al “paraíso deshabitado” de Herbón.

Carlos Reza Castro dialoga con las coruxas y comparte sus predicciones y augurios. Hubo otros tiempos que ya corrieron. Los de ahora son fugaces y asedian con sus prisas en la calle, mientras derraman soledad en el corazón desconcertado: “cantares sin palabras”, amores volátiles,… “follas xeadas”.

Francisco Herbón, vikingo sonriente entre las nieblas de Isorna, es el harpa de los testigos de Dios en la naturaleza: los “paxariños que cantan no peito”, como los sentía Valle Inclán; las tiernas fuentes de su aldea; el berce dorado del Niño Jesús; los mensajes de los vientos de la Ría y las sonrisas de las despedidas amargas. A la cita viene incluso la “brisa franciscana” de la infancia que sigue alentando afanes de la madurez.

Julio Seijas Fernández es NOYA en fiestas, penas y amores. Se ve deambulando eternamente por sus rúas, escuchando a sus pájaros vibrantes, asombrado ante la majestad de sus montes. Y así hasta “cuando la noche venga y sea mi cuerpo bruma”.

Manuel María Pena Silva, loureano como la mayoría de los vates, quiere ser alondra del pensamiento y a la vez testigo de la palabra cercana. Sabe que eso es llamar a todas las puertas a sabiendas de que la mayoría están “pechadas”; que “espallarse no mar” es sólo un sueño, porque te asaltan en tu travesía los latidos más vivos: “o meu meniño”, “naiciña”; papá Manuel, “roubado pola morte”. Y te quedas con el mejor deseo: “hei plantar unha arbore frontera”.

Antonio Cela Isla, con sus apellidos de linaje literario y su empuje de empresario en las grandes urbes hispanas, es el tertuliano de cada cita, como si estuviera jubilado. Hace el repaso de sus rincones valdeorranos; el abrazo prolongado de sus compañeros; y empuja el carro de los proyectos literarios como esta magna cita de poetas. Es el sauce de las mil ramitas armónicas que no se atreven si siquiera a engordar, por hacer conjunto y orquesta. Su poesía es currículo, memoria vida y acaso testamento. En Herbó será siempre recordado como el Mayordomo de Caná.

Nuestra romería se acaba en una carballeira de robles añosos que hablan del Arbol de la vida y de sus poderosas ramas. Así también el Arbol de la poesía de Herbón. Tiene ramas tiernas, vivas, agitadas; tiene también brazos corpulentos. Estos ya han andado su camino y dado su fruto. Ahora los guardamos en nuestros hórreos de millo sazonado. Escribir Faustino Rey Romero, Agustín González o Luciano Piñeiro González es salirse de la comitiva; ascender al paraninfo de los inmortales y decir solamente SI. Son y serán ellos hoy y mañana y mientras el mundo sea. Lo dijeron y lo vivieron y sólo los nombramos con gesto reverente. A su lado cantaron también los rapsodas: letrados de la poesía como Manuel Pérez Diéguez o Higinio Albarrán que vertieron en verso polvoriento sus ocurrencias. Pensamos que están en fiesta: en la eterna danza delante del Cordero Inmaculado.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

O IMPOSIBLE AMOR


O IMPOSIBLE AMOR.

*

O meu amor é como un doce pranto

de mornas bágoas no solpor da vida,

como unha chuvia lene sobre a auga

dun mar feito de brétemas infindas,

ou un voar de pombas asustadas

no mencer dunha luz estremecida...

**

Meu imposible amor, ¿onde encontrarte?

Cando quixen nomearte, xa fuxiras.

***

Non te poido apreixar e non te teño,

nin sei se a túa sombra vai coa miña,

pero énchesme a alma de dozura

e no teu mel naufrago noite e día.

****

Máis alá do alén, alén dos mundos

que foron, que serán, ou non existan,

máis alá de min mesmo e dos meus soños,

para amarte revivirei das cinzas.


(Ramón Rey García: PAPELES ESCRITOS)
_
_

Era un son de buguina.




Calzada do mar.
_______________

*

Por esa torta vía

baixaron algún día

os homes para o mar...

**

A verea perdida

na bouza entretecida

que non se pode andar...

***

E só agora queda

o vento na arboreda

e a sombra no fondal...

****

E xa non hai historia.

A penas a memoria

da calzada no val...

(Agustín González López: "Era un son de buguina")

sábado, 14 de noviembre de 2009

In memoriam F.H.R.

(Parroquial de Boiro)
La acera de la muerte
___________________

Como tantos, hermano, de nosotros,
Esperabas pasar a la otra vida,
En década futura, indefinida,
Cual hace la estadística con otros.

(Vamos por el camino, como potros,
Que, inconscientes, no ven tras la torcida
De la vía la vida fenecida,
Como la ve el Señor... y ahora, vosotros.)

Esperabas la dicha de gozar
De un plácido descando merecido,
Viendo a los que te siguen a tu vera;

Pero la Imprevisible fue a truncar
El hábitat calmado de tu nido
Y traspasó tu andar a la otra acera...

****
*****
**** Esquela
_____________________

Guardo tu esquela, hermano, en la mesilla,
Mudo testigo de mi descansar;
En ella tú reposas junto a un mar,
Que congrega a los tuyos de esta orilla.

Leo el nombre de Carmen, que fue quilla
De tu barca en el último sirgar;
La que, noche tras noche, su velar
Entregó de tu vida a la barquilla.

Leo también los nombre de tus hijos:
Un Juan con doble nombre, que afincado
Está junto al latir de nuestra ría;

Leo a Pablo, al que, al fin, reconocía
En el hogar mortuorio, desolado...
¡Y tus nietas, tus prístinos alijos!
****
*****
****

Vuestra cabaña
_________________


Sé que estás a la vera del hermano,
Que fue para nosotros un imán;
Aquel, que hizo de guía y edecán
Y, siendo catedrático, era llano.

El destino os ahogó con igual mano
Y os rompió de vivir el recio afán:
Os quitó el agua y os retiró el pan
Y el resistir quedó en empeño vano.

Hoy, desde la otra orilla, nos miráis,
Cual peregrinos, que al cruzar el valle,
Pierden su rumbo cara a la montaña.

Hoy, desde vuestra orilla, contempláis,
En perspectiva extensa, nuestra calle,
Que, al fin, arribará a vuestra cabaña...

(Domingo J. Barreiros Lago)
_

lunes, 9 de noviembre de 2009

AREA MAIOR.


Area Maior, lembranza

da mocidade fuxida,

de cando eu aquí axexaba

suca-los barcos a ría.

Area Maior, preciosa

de noite coma de día,

silandeira ou ruidosa,

ti es sempre unha marabilla:

inspiración de poetas,

paisaxe de fantasía.

(Marcelo da Rabela: Marcelo García Lariño)
_

MONTE LOURO.


MONTE LOURO.

No brasón dos meus versos,
un medallón de ouro
cun nome coruscante:
¡MONTE LOURO!

Un outeiral druídico
dos séculos primeiros
ecoa os esconxuros
dos celtas vedoreiros.

O velame do vento
acanea nos mastros
dos veleiros que veñen
abalroando os castros.

Resoa o vello chifre
espertando ó xentío
nas casoupas batidas
polo forte vaguío.

E soben polas costas
do alto medioevo
as verbas mesturadas
do román e do suevo.

Hai unha lingua nova
rolando polos cons
da ribeira. Unha música
chea de doces sons.

E vai o bardo celta
polas lubres antigas
conxurando ós canouros
con versos e cantigas.

E o seu lombo de pedra
cun medallón de ouro
soergue no mallante:

¡MONTE LOURO!

(Luciano Piñeiro)


_

O CARNEIRO DA PANCHESA



















("¡Miña nai María, que se me caeu o carneiro ao pozo!"
Pepe de Beiro.)


O carneiro da Panchesa
leva na alma escondida
unha profunda ferida
que lle queima o corazón:
matouse nun farallón
a ovelliña preferida.

Fui moza de muitos anos
para ben e para mal,
e o accidente mortal
deixouno tan dolorido,
que sendo o macho corrido
tornouse sentimental.

Co balar doutras ovellas
tén os nervios destrozados;
ten os oídos cansados
de tanta monotonía:
¡mee!, ¡mee!, todo o santo día,
¡mee!, ¡mee!, por tódolos lados.

O carneiro da Panchesa
¿por que se fui?, ¿que pasou?
¿Onde demos se agochou?,
¿por que pola madrugada,
sen despedirse nin nada,
do rebaño desertou?

Agora a vella Panchesa
vai, no monte, preguntando,
tercamente rexistrando
os pinales da Devesa;
agora, a vella Panchesa,
vai pola braña gritando.

Anda, a señora María,
sen descanso, sen soxar;
día e nuite sin parar
buscando o carneiro aquel,
chamando a gritos por el
polos outeiros do mar.

Encontrouno, atotadiño,
nunha caxola metido,
chorando a moco tendido,
chorando a grito pelado,
e levouno de contado
ás cortes do Carraxido.

Nunca se recuperou,
o animal malogrouse:
saltou ao vacío e douse
no aire un pinchacarneiro,
dentro do pozo do Beiro
caiu, e suicidouse.

Bolivar, 3-03-1978. Manuel da Roura.

DE BIRULLOS PARA FÓRA..

De Birullos para fóra
vai un home navegando,
chorando, chora que chora,
chora que chora, chorando.

Coa angustia no corazón,
coa dor na alma enteira,
os ollos no Caldeirón
e coa alma na ribeira.

Adeus, toxos de Naraio,
pampillos do Pateleiro;
floriñas do mes de maio,
cereixas do "cereixeiro".

Gorrións das cabaceiras,
anduriñas do verán,
pardillos de entre as toxeiras,
paspallás: canto do pan.

Fanequiñas do queixal,
graxes de Pedra de Espiño;
lorchas baixo do pinal,
e vellos do Outeiriño.

Braña con sembra de liño,
braña con herba mollada,
braña co seu ceboliño,
braña de verde sembrada.

Mordendo o eixe a deituira,
carros cargados de argueiro,
ouvían na corredoira
e chían polo Outeiro.

Filloas das pallagueiras,
carnes mortas do porquiño,
carnes de poucas maneiras,
de todo o ano, caldiño.

Adeus mozas de Lariño
que, de Muros en manada,
íades todo o camiño
anda, berra, berra e anda.

(Manoel da Roura)

jueves, 5 de noviembre de 2009

A lancha de Batuta.



Manuel da Roura.


*****

LA LANCHA DE “BATUTA”
(Caamaño)_
_________________________


Ay, la lancha de Caamaño.
Ay, Batutiña patrón.
Ay, la caña del timón,
Atrancado el travesaño.

Ay, la amura carenada
Con percebe y “arneirón”.
Ay del redondo tapón,
De la “cadeira” tapada.

Ay de la roda gastada
Por el roce del chicote,
Ay, los senos de los cotes
Que sujetan la poutada.

Ay, que la driza mojada
No desliza en la pasteca.
Ay, que no corre ni seca.
Ay, roldana despintada.


Ay, cadena del rezón
Oxidada y carcomida.
Ay, la quilla resentida,
Las cuadernas y el timón.

Ay, la lancha de Caamaño
Zozobrada en Touriñán
El año de poco pan
Y de sardinas mal año.

Ay, Batuta, Batutiña
De la nariz remachada,
De dedos presos en liña,
Sudores de agua salada.

Patrón de puño vacío.
Patrón de caña ignorada.
Patrón sin tapa regala,
Sin “salseiros” ni rocío.

Patrón de luna en la frente.
Patrón de lluvia en la cara.
Patrón sin vela ni vara.
Patrón varado en poniente.

Patrón de barcas perdidas
Y de redes fondeadas,
De maderas encharcadas
Y de las proas hundidas.

Ay, compañero patrón
De la nariz remachada,
Ausente de la bancada,
Sin la mano en el timón.

(Manoel da Rouras, Venezuela, años 50)

Na eira de Antón Cachopa.


BAILE NO LUGAR.

(Poesia (de autor descoñecido para min) que nos ensinou o noso pai cando, a primeiros dos anos trinta, chegou dos Estados Unidos. Os beneficiarios fomos María e mais eu, e, de agora en diante, tamén vós, benqueridos amigos de O GHALIÑEIRO). Manuel da Roura.


Na eira de Antón Cachopa,
Na noite de San Xoán,
Xúntanse mozos e mozas
Para cantar e bailar.
Alí estaba Roque Troque
E mais Alberto Mirás,
Antón Grillo, Xan Raposo
Xorxe de Xan Barxolás,
Pepe, Farruco, Pendello,
Manoel de Toleirás,
Agustiño do Miñoco
Vinculeiro do lugar.

Uns cos seus calzóns de riso,
Outros de cotón de estrán,
Chaleco repinicado,
Gorriñas que xenio dan,
uns zapatitos de orella
enfurruxados coa man
e a polainiña apretada
Para mellor rebrincar.

De mozas era un ¡deus-nos-libre!,
Eran dignas de contar:
Catuxa de Pepe Longo,
Xirinea de Morás,
A Cabezuda, a Pelada,
A filla de Macanás,
E quen bouraba o pandeiro,
Margarida dos Currás.

Oito parellas xa bailan
Ao son do toroloroló...

Oíase barullada ,
Da devesa de Chinás
E decian as castañolas:
“E tarriatrís e tarriastrás”.
Non sei como demo fixo
Alberte, Alberte Mirás,
Tripoulle a Agosto nun callo
Ao tempo de estombeirar.

Agosto, así que viu esto,
Alzou de moca e, ¡zas!,
No curuto da cabeza,
Un pote como un cavás,
E fíxolle un buratás.

Deron en sacar as mocas
E de veras a vourar,
Na cabeza de quen cadra,
Pau aquí, pau acolá.
Tamén o señor abade
Ben o pode declarar,
Que foi de modo e de maneira
Que ata fuxiron os cans.
_

viernes, 2 de octubre de 2009

domingo, 27 de septiembre de 2009

Pois os poetas nunca morren,



resoe, na súa honra, unha vez máis o HIMNO GALEGO:

O máis bonito é que son nosos, xente da mesma tribo...
_

lunes, 24 de agosto de 2009



Cabaceira do Alegre, hoxe do Chío,

na parroquia de Louro, Concello de Muros.

lunes, 17 de agosto de 2009

Portocubelo


Don DOMINGO J. BARREIROS LAGO, músico, poeta e pedagogo loureán.


Xeito de vivir.
_____________

Polos campos azuis do Mar de Lira
O mar pásalle o ferro a branca area;
Cada seis badaladas, a marea
Repite decotío o vira-vira.

Eolo apurra ó mar, para que fira
Co aceirado coitelo a rexa vea
Dos Miñarzos, facendo que unha grea
De cabalos de escuma se erga en pira.

Ó abrigo do peirao, a Confraría
Instalou o seu lar, onde un milleiro
De ideas xurden co seu propio selo.

Alí amánsase o mar non sendo ría;
Alí amósase o xeito mariñeiro
De vivir. Alí é Portocubelo.

Na praia do mar de Lira.


DOMINGO J. BARREIROS LAGO.

Leixaprén 1º
_____________

Na praia do Mar de Lira,
Polo areal de Carnota,
Vai a Virxe do Remedios
Percorrendo a area longa.

Vai a Virxe dos Remedios
Percorrendo a area longa,
Coas súas pegadas miúdas
I-o seu coro de gaivotas.

Coas súas pegadas miúdas
I-o seu coro de gaivotas,
Que pousan no manso mar,
E navegan coma dornas.

Que pousan no manso mar,
E navegan coma dornas
E xogan nos tobogáns
Da aba plisada das ondas.

E xogan nos tobogáns
Da aba plisada das ondas,
Na praia do Mar de Lira,
Polo areal de Carnota.

Na praia do Mar de Lira,
Polo areal de Carnota,
Vai a Virxe dos Remedios
Percorrendo a area longa...

****
******
****

Leixaprén 2
____________

Santa María de Lira
"Ta" a fitar cara a Fisterra,
Para que os seus mariñeiros
Non embarranquen nas pedras.

Para que os seus mariñeiros
Non embarranquen nas pedras,
Teñen á Virxe do Carme,
Que os trae con ben a terra.

Teñen á Virxe do Carme,
Que os trae con ben a terra,
Porque, se se alonxan moito,
Pódeos levar a Lobeira.

Porque se se alonxan moito
Pódeos levar a Lobeira
I-entón, a Nai dos Remedios
Encoméndaos á Xunqueira.

I-entón, a Nai dos Remedios
Encoméndaos á Xunqueira,
Ou ás Mercedes do lado,
Ou ó Cristo de Fisterra.

Ou ás Mercedes do lado,
Ou ó Cristo de Fisterra,
Para que as ondas do mar
Os traian, cando se perdan.

Para que as ondas do mar
Os traian, cando se perdan,
Santa María de lira
"Ta" a fitar cara a Fisterra.

Santa María de Lira
"Ta" a fitar cara a Fisterra
Para que os seus mariñeiros
Non embarranquen nas pedras.

(O día 28/05/09)

miércoles, 20 de mayo de 2009

AS PALABRAS RECUPERADAS.



AS PALABRAS RECUPERADAS.


Cando vés a unha cousa destas, como un cursiño de galego, tampouco sabes ben onde te metes. Ti vas alí porque te obrigan e chegas a ver como é a cousa, que che mandan facer e todo eso. Supoño que para todos vén sendo así. Pouco a pouco, empezas a encherte de palabras. En galego é así, esoutro que ti dis é castelán, non está ben visto, a normativa agora cambiou, as cousas teñen que ser como din os que saben, que para eso estudaron. ¿Ou non?

- O que pasa tamén é que, por un lado, a ti sempre che gustaron as palabras e empezas a sentir que a cousa vai collendo outro xeito. Por outro lado, tódolos días tropezas con algo que, sin saber por que, tiñas esquecido, pero que estaba aí dentro, que formaba parte de ti, que eras ti mesmo aínda que non o soubeses moi ben. Aparecen as palabras que eran túas cando eras neno, dá a impresión de que che rabuñan na memoria, que vas remexendo as augas que estaban estancadas e vas recuperando unha vida que nalgures tivechas noutro tempo. Non estaba perdida. Dormía agochada dentro de ti. Cada día é como se te tumbaras no diván do psicoanalista e recobraras un anaco da túa vida, da túa infancia, do teu paraíso perdido. Palabras como terra, nai, lingua, ribeira, mar, brétema ou bágoa son outros tantos territorios nos que te sentes rei, porque te atopas a ti mesmo en comuñón con todas aquelas cousas que che fixeron ser o que es. Estabas mergullado noutras augas que che botaron enriba, atofegado por milleiros de palabras que non eran as túas. E dáche a impresión de que revives, de que chegas de novo á túa illa dourada, ás túas arelas e aos teus medos, ás túas teimas de sempre, e dis: este son eu e esta é a miña terra. E, por mor dun noxento cursiño de galego, acabas caendo na conta de que as palabras son a túa verdadeira patria.

(Ramón Rey García -Moncho do Polo-, A Coruña, 1998).

Homo SAPIENS


Primeiro foi o medo.

Cando aquel homo soubo que era sapiens,
por un lado alegrouse:
non era fácil ser sapiens naquel tempo.
Sentiu certa ledicia de saber –por iso é sapiens-
e máis aínda de saberse.
Pero descubriu de seguido
que para moitas cousas era nesciens.
Cousas de fóra, que estaban ao redor,
que el vía e non as entendía,
e, sobre todo, cousas de dentro
que el sentía pero que non vía.

E tivo medo.

E cando tiña medo,
fuxía e agochábase entre as pedras,
e non quería ver, pechaba os ollos:
o mundo volvíaselle escuro.
Non quería sentir, pechaba os ollos:
e unha mágoa medráballe no peito.

Acordábase de cando non sabía,
dos seus curmáns de enfrente,
os que non eran sapiens
e que non tiñan medo,
alomenos non sabían que o tiñan.
Entón púxose triste.

Nacíalle nos ollos como un río
de amargas augas que o consolaban.
E pensou que ser sapiens
e ter medo e chorar eran o mesmo.
Entón sentiuse só.
Ser sapiens tamén era
sentirse só no medio doutros sapiens.

Quixo volverse atrás,
deixar de ser un homo e de ser sapiens.
Pero sentiu entón unha man quente
pousada no seu van. Mirou ao lado
e viuse representado noutros ollos
que nos seus mornamente se adentraban.

Sentiu que lle nacía
unha pomba no peito.
E con ela voou fóra do mundo.
E chorou doutro xeito non sabido.

Mais non estaba triste.
E non estaba só.
E xa non tiña medo.

(Moncho do Polo, 02 – 09 – 03)

A ESCOLA.



O outro día faleiche dun escrito sobre os tempos da escola, da primeira, da que estaba aló arriba na Pallagheira, a de Sra. Juana. Aínda que é un pouco longo mándocho para que te distraias uns intres e non penses tanto en tódalas caralladas que che amargan ou entristecen a vida. Eu tamén ando un pouco polos arredores diso, pero, de momento vou tirando. Se o recibes e queres conservalo, xa sabes o que tes que facer. Pero de todas formas ponme unhas letriñas dicindo que si, que o recibiches, porque hai pouco tempo, despois das fogueiras que o queimaron todo, mandeille o "Vilares" a Domingo Juan e non sei se lle chegou ou non. Levanta o ánimo. Unha forte aperta de Moncho.

+*+*
+*+*+*
+*+*



A ESCOLA.





- ¿Imos logo, mamá?

- ¿A onde, meu fillo?

- A onde dixeches o outro día.

A nai non puido senon sorrir para dentro, aínda que algo se lle notou tamén nos ollos, e dixo:

- Logo pensáchelo mellor.

- Quero ir á escola. Xa teño cinco anos. Haberá que ir indo ¿non sí?



A Sra. María de García estaba casada co Sr. Pepe do Polo. Ela vestía de negro. Sempre había alguén por quen chorar. A presencia dos mortos perduraba na memoria da xente e ninguén quería que os outros pensasen que un esquecía facilmente a aqueles que durmían na terra, en Vilares, no extremo do lugar, ao lado da igrexa, amparados no silencio do camposanto, baixo do sol, frente ao mar. A Sra. María levaba sempre un vestido negro. En poucas ocasións, polas festas da Madanela ou do Carme, que son no verán, poñía unha roupa de alivio: sobre o fondo da tela escura destacaban uns círculos brancos. Pero despois da morte do seu irmán Ramón o roupa de alivio xa non volviu saír da cómoda que a gardaba no cuarto da cheminea.



A Sra. María de García era filla do Sr. Manolo, a quen chamaban tamén Pilatos, e seguía sendo de García, pero os seus fillos eran do Polo, a casa era do Polo, a

familia eran os do Polo. A máis do Sr. Pepe, o pai, estaban Lola, María, Manela, Pepe e Moncho.



Ser do Polo ou de García, da Roura ou de Serafín, era unha maneira de dicir que todos tiñan un clan, ou, mellor, unha “gens”, unha xente que era a súa e que ninguén andaba perdido no mundo. Todos tiñan unha identidade que viña determinada polo grupo no que cada un se integraba, pai, nai irmáns, avós. Ser do Polo era toda unha referencia vital e afectiva, familiar e social. Ningún era o veciño de arriba, nin o inquilino do Piso 3º C de calquera Bloque, Portal 4, ou sexa, ninguén, un máis, un número, un buzón para o carteiro. Moncho e Manela, Lola e María non eran seres anónimos, perdidos nunha colmea. Estaban rodeados de persoas que eran do seu sangue e da súa historia, todos como ramas formaban a árbore do Polo.



O certo é que os fillos da Sra. María e do Sr. Pepe foron seis. Tres nenas e tres nenos. Pero un deles, Xoán Manuel, morreu de pequeno nos brazos da súa nai na espera da consulta dun médico de Muros por mor dunha difteria. Xoán Manuel leváballe dous anos a Moncho e sempre se falaba del como dun neno que morreu porque este mundo non era digno del. Segundo dicían todos, era unha criatura máis parecida a un anxo que a un home. Moncho non foi nunca quen de atopar na súa memoria nada que lle acordara a figura do seu irmán. Quedaría, sen embargo, confusa pero imborrable, a imaxe do velatorio nun dos cuartos da casa, cando seu irmán estaba na caixiña branca chea de flores, e tamén o momento en que o sacaron fóra mentres el gritaba desesperado, maldicindo aos que o levaban: “¡Mamalóns, lévano para enterralo na horta do cura!” Moncho non tiña máis que dous anos, pero non foi quen de borrar esta imaxe da memoria mentres viviu. Despois da morte do seu irmán naceu a irmá máis pequena á que chamaron Manela.



O Sr. Pepe andaba embarcado nun bou que tiña base na Coruña e, cando viñan a terra de volta da marea, paraba nunha fonda, preto do porto, e que chamaban A Leonesa. Por alí andaba tamén, na pensión Cabo de Hornos, ao lado da Loenosa, o irmán Pepe que lle levaba a Moncho unha chea de anos. Andaba facendo algún curso de náutica para o que chamaban entón patrón de costa nos barcos de pesca de altura. Despois fixo a mili pola marina no cruceiro Canarias. Tanto o Sr. Pepe, pai, como Pepe, o fillo, aparecían pola casa algunha que outra vez e non moitos días, polo que Moncho vivía no medio de catro mulleres. Estaba súa nai e as tres irmás. El andaba no medio e ao mellor algún día, xa con bastantes anos enriba, podería notar unha palpitación máis forte no corazón cando tropezou cuns versos de F. Pessoa que dicían así, en catelán como el os liu: “Suave, como tener madre y hermanas, cae la tarde opulenta.”



As mulleres facían todo o traballo, o da casa e o de fóra. Ian ao piñal de Cruces ou de Longarela por leña, botaban e collían as patacas e o millo no agro de Sacramento ou na leira de Barcos, facían os bolos de tixola ou amasaban o pan de millo que despois levaban a cocer ao forno da Sr. Anita y viña convertido en boroa. Moncho viviu sempre coidado polas mulleres da casa e despois tiña unha irmá pequena coa que poder xogar. As irmás Lola e María ían tamén lavar a roupa ao río dos Currás, á Fonte de Baixo ou a Fonte Comido e o rapaz era o encargado de levarlles o cesto da comida que lles preparaba súa nai. Tamén ían á fonte coa sella na cabeza encima do molido para traer desde a Fonte de Baixo ou calquera outra a auga para poder beber na casa, fresca e limpa. A sella era de madeira de carballo embreada por dentro, con arcos e asas douradas por fóra. Para beber había un tenque con que se sacaba a auga da sella.



Na casa había un cuarto cunha cama máis pequena que non se ocupaba porque ese era o cuarto de Pepe, reservada para cando el aparecía por alí. Parede con parede, ao lado, estaba a casa de Severo, un veciño que en certa época abriu unha taberna e que tiña unha filla discapacitada que lle chamaban Juana. Estaba sempre á porta e ao pasar se cruzaban unhas palabras. Moitas veces dicía: “Eu a ti sempre che quixen ben, Moncho”. Tiña unha irmá chamada Clotilde. Dicían que aquela parte de Louro era o Rueiro das Lamas quizáis porque a chuvia arrastraba ata aquel sitio moita lama desde outras partes máis altas do lugar.



O rapaz que falaba con súa nai era un cativo loiro, de ollos levemente azuis, miúdo e lixeiro, que ata o de agora non pensara siquera en aprender as letras do silabario. Moncho andaba por aí a correr e xogar cos seus amigos, na casa dos seus curmáns de García, na eira dos marcos. Xogaban á estornela, aos pinchos, facendo rodar as anillas guiadas por un manubrio. Xogaban ao “de nada” saltando todos sobre o lombo do que lle tocaba apandar, ás bólas ou a saltar os marcos da eira. Non pensaba na escola porque a escola era para os máis grandes. Pero agora, xa con cinco anos, había que ir tentando de aprender algo, pois dentro de pouco os nenos tiñan que facer a primeira comuñón.



En Louro había catro escolas: a de D. Plácido, que estaba no campo de S. Roque, a de D. Lino, na carretera de arriba indo para o Convento. Estas dúas eran para rapaces, para nenos. Tamén no campo de S. Roque estaba a escola de Dña. Petra, que era para mulleres, para nenas. Eran escolas nacionais e non se pagaba por ir. Pero os máis cativos aprendían as primeiras letras noutra escola que estaba aló arriba, chegando á Pallagheira: era a escola da Sra. Juana. Para ir á escola da Sra. Juana había que pagar, había que subir un longo camiño, unha moi desnivelada costa, e había que levar un banco para poderse sentar. A Sra. María colliu da man ao seu fillo e subiu con el polo camiño, atravesou o campo de S. Roque ata chegar, aló arriba, ao cancelo de ferro que cerraba o recinto da escola. Antes de abrir o cancelo puido ver de frente a casa onde vivía a mestra, a Sra. Juana, coa súa irmá Águeda. Facendo ángulo con esta, á man esquerda, estaban a escola e unha pequena horta con coles e unha figueira. No medio había un rectángulo aberto onde os rapaces estiraban un pouco as pernas e gritaban no tempo do recreo. A escola era pequena: un cuarto onde os cativos estaban sentados nos seus bancos que levaran da casa, pero tamén había uns pupitres alongados máis grandes onde cabían varios rapaces, sen dúbida os maiores da clase. A Sra. María falou un momento coa mestra e logo deixou ao rapaz cos outros que xa estaban alí e voltou para a casa.



A Sra. Juana parecía unha monxa, ou, mellor aínda, un frade franciscano, pois o seu vestido era talmente un hábito de S. Francisco e levaba tamén un rosario prendido da cintura quizáis dun cordón con tres nós como os frades. Tiña toda a aparencia dunha mestra de novicias, cara enxoita e severa, unha rectitude e unha disciplina máis propias dun convento que dunha escola de nenos. A súa irmá Águeda era un tipo distinto de muller, como tódalas mulleres da aldea, como a Sra. María, maciza e de carnes máis xenerosas e un carácter feminino e doce. Axudaba á súa irmá na escola cando era preciso, pero ocupábase dos labores da casa que estaba ao lado onde vivían as dúas soas, pois ningunha era casada, e facía os traballos da horta que tiñan ao lado.



Aquel foi o primeiro día de escola na vida de Moncho, pouco despois de cumprir os cinco anos. Súa nai comproulle un silabario e pronto aprendiu a ler para pasar despois ao Catón. Tamén comenzaron alí os estudos teolóxicos, pois, para facer a primeira comuñón, era preciso saber o catecismo de principio a fin con preguntas e respostas.



- ¿Sois cristiano?

- Soy cristiano por la gracia de Dios.

- ¿De dónde viene el nombre de cristiano?

- El nombre de cristiano viene de Cristo nuestro Señor.



Era o Catecismo do P. Astete, o que, naturalmente, naquel tempo para el non tiña significado ningún. Quero dicir que, fora o do P. Astete ou do P. Ripalda, a cousa cambiaba pouco. Pero foi quen de aprendelo sen fallar unha soa pregunta e, cando tiña seis anos ou andaba xa cerca dos sete, puido facer no convento a primeira comuñón cos seus amigos e as súas amigas: seis ou sete nenos e seis ou sete nenas. A súa amiga e o seu amor inconfesado, por inconsciente, era Virocha de Carme, a máis pequena de catro irmás que tiñan a casa preto da súa e coa que xogaba case tódolos días, ás veces, como é debido, a xogos que non eran de todo inocentes. Virocha –quizáis daquela non se decataba de todo o encanto deste nome- foi o seu primeiro amor infantil, ou sexa, algo que resultará imposible esquecer.



Moncho ía tódolos días á escola. Cando chovía era difícil andar pola costa pois a riada era caudalosa. Pero cando escampaba, mentras esperaban a hora de entrar na escola ou despois de saír, nos regatos da auga que quedaba, xogaban a facer pozas no medio do camiño. Facían un dique de terra e pedriñas, a poza enchíase de seguida, e levaba por diante o dique de contención, pero máis abaixo tiñan preparado otro máis grande que, coa auga que viña de arriba, formaba un encoro onde poderían nadar os barcos, se os houbese.



O campo de S. Roque era unha verdadeira eira dos marcos porque estaba todo el acotado, como se fora un recinto prehistórico, por unhas grandes pedras chantadas na terra. Pedras de formas distintas máis altas ou máis anchas. Os rapaces tiñan verdadeiras competicións para ver quen era quen de superalas todas. Cada un levaba conta das pedras que tiña superadas cos seus saltos, unhas por ser máis altas e as otras que, pola súa forma, ofrecían maior dificultade. Esto facíano ao baixar da escola camiño da casa cando o tempo era bo e non chovía.



Mentres tanto, o tempo foi pasando. Lola era xa unha moza casadeira e cada serán ou á noitiña, un mozo aparecía nos arredores da casa. Lola esperaba impaciente, pero tiña que ser Moncho quen levase para dentro o recado de que Manolo de Severo estaba esperando á porta. Lola saía e os dous xuntiños doblaban a esquina e arrimados á parede do lado “falaban” o tempo que a Sra. María tardaba en ter a cea lista. Entón a Sra. María dicíalle ao rapaz: “vai chamar á túa irmá” ¡Qué contento corría o Monchiño sabendo que estaba autorizado a desfacer cada día o idilio dos noivos solitarios amparados contra a parede do lado da casa onde o camiño era escuro e por onde apenas pasaba xente! A palabra noivo que vén usada máis arriba era descoñecida en Louro naqueles tempos. Dixen que Lola do Polo e Manolo de Severo “falaban”. Este fermoso eufemismo quería sen máis dar a entender que Manolo e Lola eran noivos. A volta do rapaz tiña un aquel de victoria, como se acabara de desfacer un romance, un misterio e un ritual que o tiñan diariamente moi intrigado.



Pero un día Manolo de Severo e máis Lola falaron de voda. Antes houbo que facer o rito da pedida. O día sinalado, pola noitiña, foron Lola e seu pai á casa do Sr. Gumersindo, invitaron a Manolo, e este veu á casa do Polo. Mentres tomaban café, falaron da voda, dos invitados e deixaron o acontecemento programado. Moncho atendía a todo sen entender gran cousa, pero algunhas expresións de Manolo, que el nunca oíra, chamáronlle a atención.



Chegou o día e houbo festa na casa aínda que esta era moi pequena. Sacaron fóra as camas e montaron unhas mesas nos cuartos de durmir. Enchiuse a cociña de mulleres. A cousa, como era costume, prolongouse ata a media noite. Sempre acudían rapaces a ver se caía algo de comida polas fiestras –que sempre caía- e os de dentro, entre copa e copa, cantaban sen mirar o reloxio. Monolo de Severo era xa de tempo atrás unha voz notable e o seu canto resoaba na casa e por todo o rueiro con corridos mexicanos que todos aplaudían. Aproveitando a festa e a confusión, algún rapaz dos que rondaban por alí saíu cunha boa de coñac. Pero esto era normal.



Lola e Manolo tiñan preparada para vivir a casa onde antes viviran os pais dela e onde ela mesma necera. A casa estaba máis arriba do Outeiro, xa cerca do campo de S. Roque. Antes de se casaren, Manolo arreglou un poco a vella vivenda, que estaba case abandonada. Tiña unha lareira como as de antes onde se facía o lume, se colocaba a trepia e mailo pote. A lareira estaba feita de grandes pedras e por riba había tamén unha grande cheminea de pedra que apoiaba un dos seus ángulos nunha columna con un sinxelo capitel. Durante algún tempo Manolo e máis Moncho intentaron tamén colocar algúns mobles, unha cama antiga de castiñeiro cunhas madeiras en forma de columnas salomónicas na cabeceira. A cama era dunha cor castaña moi escura, quizáis porque xa era moi vella. Alí foron vivir os dous casados o tempo que a Monolo lle duraron as vacacións, que foi bastante pouco.



O malo das vodas e dos matrimonios, era, non que durasen pouco, porque normalmente eran para toda a vida, senón aqueloutro a que se refería Rosalía cando falaba das “viudas de vivos”. Manolo de Severo andaba a nevegar como case todos en Louro, e, pouco despois de casar, tivo que marchar para o barco onde lle esperaban uns longos meses.



Lola non era quen de vivir soa e pasaba o día enteiro na casa de súa nai como cando estaba solteira. Moitas noites quedaba tamén a durmir alí. Pero á Sra. María non lle parecía normal esa vida e aplicaba o principio xeral de que a casada casa quere e por iso debe facer a vida nela. Pero Lola tiña medo de pasar a noite soa na casa. Ocurríuselle levar ao cativo de seu irmán Moncho para que durmira con ela. Cando chegaba a hora da cea, alá ían os dous polo Outeiro arriba. Ás veces ceaban na casa da nai, pero outras comían algo ao pé da lareira e despois durmían os dous xuntos na única cama que había na casa. Pola mañá Moncho iría á escola da Sra. Juana mentres Lola pasaba o tempo facendo algo, limpando, amendando ou o que fora ata que non aguantaba máis e volvía outra vez xunto de súa nai e súas irmás.



O regalo que Moncho conseguía de súa irmá por acompañala tódalas noites eran unhas sandalias preciosas de coiro auténtico e lucido que un zapateiro de Muros lle facía tódolos anos a medida a comenzos do verán. O rapaz pasaba todo o tempo das vacacións con elas nos pés, en vez das alpargatas que usaban outros, e sentíase como se andivese con zapatos novos. Pero Moncho nunca tivo zapatos ata o día da primeira comuñón.


Había xa uns dous anos que Moncho durmía ao lado da súa irmá na mesma cama, cos intervalos lóxicos de cando o seu home Manolo viña de permiso. Ninguén notou que a cousa tivese contraindicacións de tipo moral. Pero un día na escola a Sra. Juana dixo algunha cousa sobre o asunto e parece que, segundo ela, Deus non andaba dacordo coa xente sobre o feito de que un rapaz de seis ou sete anos e maila súa irmá de vinte e tantos pasaran a noite durmindo un ao lado do outro, os dous sós nunha casa, para non teren medo. Parece que a mestra fíxolle subir as cores á cara e o rapaz quedou moi doído polo comentario público de Sr. Juana, pois a Moncho faltoulle tempo para contarllo todo á súa nai cando chegou á casa para comer. A resposta da Sra. María foi concluinte: “Pola tarde –sentenciou- cando veñas da escola, traes o banco e non volves máis a ese sitio. Dille que xa lle pagarei eu cando poida”.


O rapaz fixo o que mandou súa nai. Así acabaron os dous anos de Moncho na escola da Sra. Juana. A partir de agora, en vez de subir a costa, tería que baixar un pouco, chegar á porta de García, a casa de seu avó, e camiñar despois pola carretera de arriba, camiño do Convento, ata a escola de D. Lino.

Moncho do Polo (J. R. Rey García Xullo, 2006)

_______

VILARES


Moncho do Polo: Ramón Rey García


V I L A R E S.

Chamábanlle Pilatos. Nunca souben por qué, pero a meu avó chamábanlle así, aínda que fose dunha forma indirecta, non diante del e sempre dun xeito que daba a entender certa mala intención, como se entrañase un pequeno –ou grande, segundo os casos- apetito de vinganza. Non parece que o meu avó espertase simpatías na xente, pero tampouco ninguén ousaba amosalo na súa presenza . A imaxe que conservo do pai de miña nai é a dun vello ocupando a fiestra do bar que era del, sempre fumando o tabaco de picadura que tiña que liar e que gardaba na petaca. Os dedos das súas mans eran da mesma cor do tabaco que fumaba e non sei se algunha vez na súa vida tería cortado as uñas, porque, á parte da nicotina que nelas acumulaba, parecían máis uñas de cernícalo, de ave depredadora, que de ser humano, aínda que se lle alcumara de Pilatos. Chamábase legalmente Manolo, e, cando a xente esquecía o de Pilatos, referíase a el como o señor Manolo de García. Pero se falo aquí de meu avó é só de forma circunstancial, anecdótica. Eu non vivía con el porque miña nai casara para fóra, pero a nosa casa estaba preto da súa e o meu tempo pasaba case todo alí no bar, ó que chamaban taller porque antes tiña sido carpintería. Eu ía alí xogar e pasar o tempo cos meus curmáns, fillos do tío Ramón, irmán de miña nai, que foi o que casou para a casa e que, sendo eu aínda pequeno, morreu dun cancro de esófago. Pero isto apenas e que nunca entendín ata hai ben pouco. Había unha ven ó e que nunca entendín ata hai ben pouco. Había unha palabra, un nome que acodía decote á súa boca. El falaba de certo lugar que chamaba Vilares como de algo irremediable, final, de que, cando estivese ou o levasen alí, todo lle daría xa o mesmo e que, olladas as cousas desde a perspectiva de Vilares, non había á vista asuntos que merecesen moito a pena. Iso polo menos é o recordo que eu creo ter na mente da intención con que falaba dun sitio para min descoñecido e que el chamaba Vilares.

Aqueles tempos, cando meu avó Pilatos ocupaba o van da fiestra ollando de fronte o mar ou vendo diante del a xente que pasaba polo camiño, aquel tempo de cando eu non tiña aínda dez anos, queda lonxe. Pero hai un lugar que se chama Louro e hai tamén unha historia que ten todo que ver con aquela terra. Non hai moito o amigo Manuel María envioume un pequeno libro do noso paisano, poeta e tamén amigo Agustín González. O libriño ofrece unha colleita de poemas que evocan os lugares, o mar, a luz, as paisaxes, os nomes dunha terra con toda a emoción duns ollos e un corazón enamorado e as verbas máxicas dun poeta admirable.

Calado é o sitio do durmir perenne...
De pedra e sol un día de Vilares...

Estes son os últimos versos do poema “Luz de Vilares”.

Os homes seguen tamén o camiño do sol. Camiño de Fisterra, buscando as postrimerías do mundo, sempre tendo o mar por guía. Hai un longo camiño que vai na dirección do sol, paralelo ó mar, sen perdelo nunca de vista, e que acaba nun descanso definitivo tamén de fronte ó mar. Vilares é o lugar do durmir perenne, o camposanto dos que quedaron para sempre soñando fronte ó solpor, ó amparo da pedra, protexidos polos muros da vella igrexa, polas paredes que enmarcan o recinto do adro, onde o sol prende os últimos raios antes de morrer máis aló do mundo, náufrago impotente pero glorioso.

Cando meu avó falaba de Vilares era porque se sentía xa próximo a emprender o camiño do sol. Non sei por qué pero a igrexa e o camposanto, en Louro, están afastados, nun extremo, fóra do núcleo das casas onde a xente fai a vida ordinaria, os negocios e os traballos. Parece como se quixesen reservar un ámbito especial para os feitos definitivos, como se pensasen que a trascendencia debía ocupar un espazo non contaminado pola vulgaridade, fóra do cruce dos camiños diarios, do trafego e das horas que pasan sen remedio. Pensaron en Vilares. Saíron fóra das casas e atoparon un lugar que miraba ó mar desde o pé do monte, despois de pasar o regato dos Currás e subir unha costiña para poder ter unha visión aberta, clara. E alí fixeron unha pequena igrexa de pedra, rodearon o recinto con muros protectores. A carón da igrexa circunscrito pola pedra. Camposanto. Para chegar alí había que andar un longo camiño. E se era a última vez que o facías e xa non polo propio pé, o feito tiña unha dimensión e un ritual herdado dos ancestros, daqueles antepasados que, despois de todo, sabían ben que a vida tamén é un longo camiño. Os cruceiros e as encrucilladas do traxecto tiñan o seu rito, as paradas e o repouso, a meditación e o rezo, pero había unha soa dirección: o camposanto, Vilares. Alí eras acollido, acubillado na terra, reintegrado á orixe. Pero non era o retorno á nada. A terra non te aniquilaba, senon que era ela a que tomaba a túa forma, algo crecía sobre ti que tiña a túa dimensión e a terra cobraba un significado humano. O camposanto, Vilares. Cruces de pedra e de madeira na cabeceira das campas. Branca area da ribeira, area do mar fina e limpa que as cubría, enmarcadas por cunchas de vieira, un rectángulo que facía pensar no mar como a nosa única razón de ser. Vilares, camposanto fronte ó mar maior, fronte ó sur por onde o sol tamén vai buscando o ocaso.

O avó foise apagando pouco a pouco. Non por ningunha enfermidade, senon polo simple feito de ser home. Unha tarde xuntouse moita xente diante da casa, chegou o cura, entrou unha cruz, e logo todos se puxeron en camiño.

Non sei se o avó sería quen de caer na conta de que o día de Vilares estaba aí, de que a ruta do sol xa o marcaría para sempre e que por unha vez este camiño non tiña volta posible. O final ten unha única e todo se e todo se resume nunha soa palabra: Vilares. Mañá volverá a saír o sol, a percorrer o mesmo camiño de sempre. Cando pase fronte á fiestra, ningún fume de tabaco subirá ó aire, ninguén ollará o mar desde o van, nin a xente se parará un momento con él para repetir as palabras de sempre. Ó mellor tamén o vello tiña razón de que, vistas as cousas desde o lado de Vilares, xa nada merece moito a pena, as cousas cambian de valor e unha distancia insalvable se establece entre o camiño e a fiestra, entre o camposanto e o mundo, entre a vida e a morte.

Todo o ritual herdado cumpríuse tamén co avó. Percorreu o longo camiño, parou nos cruceiros e nas encrucilladas, atravesou o río dos Currás, subíu a pequena costa, entrou no adro, na igrexa, despois tamén no rectángulo aberto ó mar e ó infinito. Tamén o avó retornou alí para tomar acougo no seo da terra, foi cuberto pola area que tomou a súa forma, ingresou no mundo que tanto temía, pero foi recibido como un que chega de volta á casa para sempre. Entrou no reino do perenne durmir, baixo do sol, da area, fronte ó mar.

Un silencio branco e luminoso, un aire claro e dilatado, unha luz nacendo da area branca no lugar da morte transfigurando as cinzas en eternidade.

Calado é lugar do durmir perenne,
De pedra e sol un día de Vilares...
De pedra e sol, de luz e de silencio, de inabarcable mar e de muda area, de luz petrificada ou pedra iluminada, ergueita en paredes de silencio, camposanto de Vilares, soño do aire na pedra, resol dunha eternidade soñada, ámbito onde a morte non é máis que un durmir perenne, ou quizáis un retorno ás materias e enerxías primixenias do mundo, unha espera da resurrección en forma de cósmica, indestructible beleza...

Moncho do Polo, A Coruña, 2 de febreiro, 2006


__________________

LOURO



Aquel era outro mundo. Naquela terra final, as gaivotas tiñan por forza que volver cansas. Se pensaban que poderían pousar nas illas do alén, equivocábanse. E tiñan que dar volta. Cansas, pero había que volver. Aquela era unha terra última. Non había máis alá. Aquela terra limitaba directamente co infinito polo lado por onde o sol escorría na tardiña. Estaban as pedras duras, os cons onde o mar batía coma se estivese tolo, con escumas suxas e ventos que traían as augas da parte onde o sol morría e se afundían os barcos. As gaivotas voltaban e pousaban nas pedras do Monte Louro, e nas areas da ribeira, da Area Maior. E, coas gaivotas, voltaban tamén os mariñeiros, cando podían, porque, ás veces, era o mar quen os traía a destempo.

Os homes baixaban das casas pola mañá, cando aínda o sol non aprendera o camiño do día, e saían nos pequenos barcos rumbo a Fisterra, á costa da morte, ás marcas xa fixadas onde poder atopalos peixes que despois as mulleres ían vender polas portas cos cestos na cabeza. As casas miraban ao mar. Desde o alto das Laxas ou da Pallagheira, escalonábanse costa abaixo, polo campo de San Roque, pola Amoreira ou por Cucheriños, nas dúas direccións que marcaba o mar. Porque aí estaba o Monte Louro delimitando dous mundos. Aquel lugar que chamabamos Louro contemplaba dun golpe dous mares que eran un, ou un mar que eran dous mundos. O Monte Louro era o límite. Pola parte de fóra estaba o infinito, e, pola parte de dentro, estaba o agarimo que primeiro se facía ría e, despois aínda, terra adentro, buscaba a beira das casas para vivir coa xente coma un mar doméstico e familiar. O cambio era un milagre daquel monte chantado frente a Corrubedo, atravesado no mar, gardando un paraíso para dentro, mentras para fóra formaba parte da xeoloxía do medo e da morte. Na punta do monte, chiscaba o ollo do faro para os que saían e os que entraban, para os que ían por fóra e os que viñan de dentro. Unha vez que dobrábala punta do faro, tanto se entrabas como se saías, atopabas un mundo distinto. Porque se entrabas, como cando viñan no verán as lanchas do xeito, sabías que ingresabas nesoutra dimensión do mar que se chama ría, acubillo e acougo, que pola nosa beira comenzaba no Monte Louro, estendíase logo na praia de San Francisco, e seguía despois co seu xogo de entradas e saídas na terra –Muros, Esteiro- ata perderse definitivamente pola Ponte Nafonso, Tambre arriba, buscando as orixes. Praias de Louro –Vieta, Goday, San Francisco, Espadanal, A Vouga- frente aos montes de Barbanza, na outra beira que vai de Noia e Portosín ata Corrubedo. O mar –din que a ría de Muros e Noia- que para min sempre foi a ría de Louro. O noso mar amigo, o mar de dentro que estaba nos nosos ollos en canto saïamos da casa ou asomabamos á fiestra, que xa non tiña escumas nin estaba tolo, e que morría mainiño, dando tombos na area branca, lixeira e morna da ribeira, deixando unha estela de cunchas que nós escolliamos unha por unha para gardar na casa como un agasallo do mar.

Cando entorno os ollos e volvo a mirada para dentro, atopo alí as cousas que hai xa tantos anos viven en min. Cando, traspasando o tempo, volvo á memoria do que foi, encontro que hai cousas que aínda seguen, revestidas quizáis doutra luz, con outro aquel de sentimento engadido, porque, ao non tocalas coas mans, crávanse con máis forza na memoria do tempo perdido... Están as pedras do Caldeirón, cada unha co seu nome –O Vico, O Petón, Os Tres Saltiños- onde os rapaces saltaban á auga e nadaban libres coma golfiños. A marea deixaba as pozas limpas pero cheas de camaróns de trasparente cristal. A area non lixaba e, mollados coma peixes, os rapaces corrían rebozados de branco, espidos e ceibes, únicos donos do espacio, da luz e do tempo.

Todas estas marabillas conformaron os meus primeiros anos naquela terra do solpor e do agarimo, que mantiña co mar un idilio, relación de amante que coñece as violencias e as tenrezas, cousas sempre propias dun amor incontrolable e cego.

Pero un día aquel neno que era eu, marchou. Vivín sen ve-lo mar, cerrado, rodeado polos muros dun convento. Non tiña para onde mirar. Notei que cambiara tamén o aire, aquela penetrante humidade do salitre que respirara sempre. Algúns anos pasaron. Un día anunciaron que podiamos volver. E volvín.

Foi no verán daquel ano. Un verán morno, preguiceiro, de moito vagar. Tempo había xa que eu non acougaba tantos días naquel recanto entrañable onde o mar deixa de ser océano e faise familiar, doméstico e feminino, pois comenza a chamarse ría. Era alí onde eu pasara eses anos da vida que, según din, son a verdadeira patria do home: a nenez. Aínda que moitas cousas cambiaran, as esenciais seguían alí coma sempre. E fixen memoria das palabras que o abarcaban e definían todo:

O mar: a gran presencia e case a nosa razón de ser. O mar que conformou a nosa vida e sen o que tampouco saberiamos dicir quén somos. Alí tan limpo, inocente e amigable coma sempre.

O monte: o Monte Louro, coma unha balea prehistórica varada para sempre entre as dúas praias e os dous mundos, domesticando as augas fisterrás para convertelas en doces tombos cos que xogabamos de nenos.

A ribeira: tamén a ribeira segue alí. Chamabámoslle ribeira á praia. A nosa ribeira era unha area virxe e libre onde os mariñeiros tendían e amañaban as súas redes e onde nós corriamos contra o vento. Agora está dalgún modo estragada por un novo tipo de lixo que se chama turismo de verán.

A liberdade: a infancia é a única idade do home na que a liberdade non é unha palabra. Este anaco de paraíso era todo para nós e non había árbores prohibidas.

O tempo: dalgún xeito ata agora descoñecido para min, a morriña subíuseme polo corpo. O tempo é o noso grande inimigo, pois simultaneamente nos vai creando e destruindo. O pensar en canto alí vivín e que xa nunca máis será, pregunteime co poeta: “¿Cando, cando se perdiu este gran reino?” (Moncho do Polo, 25 –09- 2003)

martes, 19 de mayo de 2009

FRENTE AO MAR.


Ramón Rey García (Moncho do Polo).



( “Quero olvidar ó pé do mar soñado”.(A.González)
_

FRENTE AO MAR.
_______________


Estou aquí parado

frente ao mar, sentado nunha pedra.

Olvídome de ser.

Quero unicamente diluirme,

esvaerme no aire,

ser pura luz, igual que unha gaivota

transfigurada polo vento.

Estou feito de terra, pero penso

que eu son máis ben area,

cousa lixeira e branca que o mar leva

e trae, sube e baixa,

pola auga nadando libremente.

Eu, cando morra, quero,

no abalo e debalo das mareas,

andar na luz perdido,

subir coas escumas a estas pedras,

pousar nesta ribeira;

ou, se cadra, levado polo vento,

voar como as gaivotas

e de novo caer nas augas limpas

deste meu mar que quero.

¡A miña eternidade será a túa,

como nun ceo líquido,

ou, mellor, soño e limbo onde me esqueza!

(Moncho do Polo, 15 – 05 - 03)

viernes, 8 de mayo de 2009

O Sr. Cónsul do Varadoiro:



MARCELO DA RABELA.

Reunido o Xurado Competente para dar o premio de fotografía, acordou outorgar o seguinte fallo:



PAISAXE: Bonita, fóra de serie.



RETRATISTA: Sen poder dicir que é malo, tampouco se pode dicir que é bo.



O RETRETADO:



NA PRIMEIRA FOTO: Cómpre dicir que os hai máis guapos..



NA SEGUNDA FOTO: Cómpre dicir que os hai máis feos.



ESTE E NON OUTRO É O NOSO VEREDICTO.

lunes, 27 de abril de 2009